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Un Camino Para Despertar (Cap. 2)



PRESENCIAS


Mens Iter


No estaba seguro de cuántos días habían pasado desde que recordó su muerte, debido a que la luz que entraba por su ventana siempre era la misma. Intentaba calcularlos con cada vez que dormía, pero por la soledad y el aburrimiento podía llegar a dormir varias veces en cortos periodos de tiempo. Lo que sí tenía seguro era que habían pasado los días suficientes para que toda mugre se quedara adherido a su piel, su hedor le resultara insoportable, su estómago protestara por la falta de alimento y su soledad fuera cada vez más punzante. Se había negado a recorrer el resto de la casa y solo salía de su habitación cuando escuchaba a alguien cepillar el piso en la habitación de al lado. La primera vez que entró en ella había visto a una persona haciéndolo, pensó que era su madre, pero siempre que escuchaba el sonido y se asomaba a ver quién era, lo recibía la imagen de su estudio, la mancha de sangre ennegrecida en el piso y la ausencia de toda persona. No entendía el lugar en el que estaba, no sabía si era una clase de purgatorio en el que debía quedarse hasta expiar su pecado, la idea le parecía absurda pues aceptarla sería darle la razón a la religión que tanto criticó, o si debía hacer algo para continuar su camino, ese que aquel recuerdo recuperado había puesto como meta. La conversación que tuvo con la anciana le indicaba que esa última era la opción más plausible, pero ¿cómo olvidarse del mundo si había despertado en una imagen desfigurada del mismo? ¿Cómo olvidarse del mundo si aquel lugar le había escupido el recuerdo de todo lo que había abandonado? ¿Cómo olvidarse del mundo si ahora, en su soledad, deseaba volver a sentir las presencias que le habían dado algún significado? ¿Cómo olvidarse del mundo si, aún muerto, debía permanecer en él? Tantas preguntas sin respuesta. Solo sabía que era una víctima de amnesia. Su último día de vida estaba incompleto y una multitud de situaciones habían sucedido desde su muerte hasta su despertar a causa de la gota que caía. La imagen de un funeral, la de su padre en un hospital, la del Café el Despertar mucho después de haberlo visitado en vida. ¿Cuál era ese camino a seguir? ¿A dónde llegaría? ¿Porqué su incapacidad de recordar? Confusión. Solo confusión y soledad.


Cuando estuvo en vida estaba seguro de que su soledad era la más grande de todas y el pensar que la de los demás no tenía comparación lo hacía sentir diferente e, incluso, especial. Ser el héroe trágico de su vida e intentar serlo en las de los demás le daba cierta satisfacción inconsciente que le facilitaba lidiar con cualquier estado negativo que se sustentara en la soledad. Pero ahí no había nadie con quien pudiera comparar soledades, toda competencia de tragedias era imposible y, por ello, no podía sentir aquella satisfacción. Y es que estaba completamente solo. Los objetos desprovistos de significado no le generaban ninguna compañía, no había nadie que tocara a su puerta ni ningún movimiento más que el del polvo. Podía pasar tiempo y más tiempo mirando por la ventana y el paisaje siempre era el mismo. Una tierra cubierta de nieve grisácea que se fundía con el cielo nublado en un horizonte que no permitía distinguirlos. No había ni calles ni plantas y mucho menos personas. Era un tipo de soledad que no había experimentado jamás.


Alguna vez leyó que la soledad no era falta de compañía, sino de afecto, pero para que esta se diera debía de haber alguien con la posibilidad de darlo. Ante la ausencia absoluta de otros no había un sentido lógico para la existencia de esta soledad. También pensaba mucho en aquella que era deseada y hacia la que siempre se había inclinado incluso a sabiendas de sus nocivos resultados. Era esa que buscaba cuando la presencia de los demás se le hacía más tediosa que la de sí mismo. Pero no, la que sentía en esa habitación era muy diferente. No la anhelaba, pero tampoco la alejaba. Era aburrida pero no desesperante. Era plana, monótona y tranquila como un lago en medio de la noche. Y había hecho que Tristán se hablara cada vez más a sí mismo. A veces se recriminaba por su suicidio debido a las carencias que ahora sentía, pero otras veces se felicitaba de su muerte debido a las que había sentido y empezaba a debatir acerca cuáles tenían más peso. Y siempre que la conclusión de que el presente pesaba más que el pasado se asomaba en su razonamiento, prefería inclinarse en la ventana para distraerse con el mismo gris de siempre. Ese gris que en vida también había sido su horizonte y que rellenaba a la soledad que sentía.


Pero por mucho que intentó acostumbrarse a su soledad en el tiempo transcurrido desde que recordó su muerte, no podía dejar de lado aquella parte social de su ser y le resultó inevitable no pensar en las personas cuyas compañías fueron las que más disfrutó. Entonces, mientras observaba por la ventana, recordó el día que Simón por fin pudo estar con Marcela. Habían salido los tres juntos y cuando la llevaron a su apartamento Tristán se quedó en el auto a la espera de que Simón la acompañara hasta su puerta. Pero pareció haber demorado diez minutos por escalón pues Tristán tuvo que esperarlo por dos horas y, cuando regresó, lo único más llamativo que la alegría en el rostro de Simón era la piel enrojecida alrededor de la boca y del mentón. “Espero que la chupeteada haya valido la pena” recordaba haberle dicho Tristán entre burlas.


También recordó a Amanda, quien parecía tener como objetivo en los recreos el de moretear sus brazos y hacerlo caer siempre que lo veía con el balón en los pies. Algunas veces, incluso, aprovechaba la caída para pisarlo y darle puntapiés en la pantorrilla. Tristán reía y el recordarlo tuvo el mismo efecto.


Su tercer amigo de la infancia del colegio era Sebastián. No era tan gracioso como Simón ni tan vivaz e imprudente como Amanda, pero era la única persona con la que podía compartir sus silencios sin que la incomodidad se sumiera en el ambiente. Compartieron la melancolía y lo difuso en las razones de la tristeza hasta que Sebastián empezó a estudiar música y desde que conoció a Laura. Tristán recordó el día en que se la presentó. El tartamudeo no le permitía disimular los nervios a Sebastián y era la primera vez que Tristán, Simón y Amanda lo vieron pedirle el número a alguien. Las burlas no se hicieron esperar y, según lo que contó Laura mucho después, Sebastián tardó bastante en escribirle por vergüenza a volver a ser la víctima del matoneo inmisericorde de sus amigos. Como era de esperarse, aquella confesión de Laura fue seguida por un matoneo mucho más intenso hacia Sebastián.

Aquellos recuerdos le hicieron sonreír y se imaginó a los tres ahí abajo, sentados sobre la nieve con unas cervezas en mano. Sebastián y Amanda reían de lo que sea que Simón les estuviera contando con sus gestos exagerados y movimientos teatrales. Entonces llegó Laura y se sentó junto a Sebastián y siguieron conversando entre ellos a pesar de que por momentos parecía que todos ponían su atención en un mismo punto vacío, como si escucharan las palabras de una quinta persona. Tristán intentó pensar en quién sería. Tal vez Marcela, pero no, eso sería imposible, así que se convenció a sí mismo de que nadie más que esas cuatro personas merecían estar ahí. Y la conversación siguió. ¿De qué hablarían? Probablemente de alguna anécdota jocosa de Simón, de la historia de otro despiste de Amanda, de lo ansioso que se veía Sebastián siempre que Laura le tomaba la mano y le hablaba como a un bebé en frente de los demás, de alguna materia de la universidad que veían juntos, aunque Simón no había entrado a la de ellos, o de lo ilógico que era tomar cerveza en la nieve. Así que Tristán cambió de parecer y prefirió quitarles las botellas de las manos y ponerles termos humeantes llenos de café. Ello le hizo recordar el café que le ofreció la anciana el último día de su vida y no pudo evitar imaginar que sus amigos hablaban de su muerte. Entonces la nieve se fue fundiendo y dejó entrever un piso enlosado y los abrigos se encogieron y suavizaron para dar forma a trajes negros. Ya no había ni cerveza ni café, Amanda parecía discutir sobre algo mientras que Sebastián abrazaba a Laura y ambos aparentaban asentir a todo lo que ella decía con sus miradas afligidas dirigidas a las baldosas. Simón, apartado, miraba al cielo. Tristán vio la soledad en cada uno de ellos, el último regalo que les dejó con su partida.


Se restregó los ojos y, a pesar de ya no verlos al otro lado de la ventana, la imagen seguía firme en su mente. Supo, entonces, que era el recuerdo de la última vez que los vio juntos. Era su velorio.


Se apartó de la ventana e intentó recordar, pero por más círculos que sus pasos dibujaron sobre el polvo, y por más caminos que sus dedos abrieron en su cuero cabelludo, como si ese acto fuera necesario para activar su memoria, no pudo ir más allá de la imagen de sus amigos en su velorio. Podía sentir el recuerdo latir en su lóbulo temporal, ahí estaban el resto de las imágenes acompañadas por sonidos, olores y emociones, pero no sabía cómo decodificarlas para hacerlas visibles y sentirlas. Sabía que solo al apartar la niebla en su memoria podría descifrar la razón por la que despertó en las ruinas de su hogar. Y fue justo cuando empezó a maldecirse y a golpear su sien con las palmas de las manos que escuchó a alguien tocando la puerta de su habitación. Volteó de inmediato y vio a Sebastián en cuclillas y con los nudillos dirigidos a la puerta tumbada en el piso.


Se acercó sigiloso y sin comprender lo que sucedía. Cerró los ojos y volvió a abrirlos. Al seguir viendo a Sebastián volvió a cerrarlos, los restregó con los dedos y, de nuevo, los abrió. Sebastián seguía ahí. Cuando lo tuvo al alcance de su mano, su amigo se levantó prevenido.

— Te lo juro que yo no la tumbé, estaba así cuando llegué — dijo.

Sin pensarlo Tristán lo abrazó.

—Yo sé que me amas, pero tranquilo, ya habrá tiempo para eso — se burló su amigo.

—No entiendo nada de lo que está pasando — dijo Tristán sin soltarlo.

—Ya tranquilo, lo que pasa es que vamos a ir a la casa de Marcela a tomar cerveza.

—¿De Marcela? Pero si ella ya no está… — replicó apartándose.

—¿Cómo qué no? ¿Qué has estado fumando?

—El accidente, ella…

—¿Cuál accidente? No saques excusas pendejas para no ir. Además, como ya está con Simón, tenemos que ir así sea para chiflarlos, de que me saco la espinita, me la saco.

Sebastián se puso a espaldas de Tristán y lo empujó hacia la salida de su habitación.

—Tengo que sacarte de este encierro, no sea que la falta de sol te mate.

Tristán miró hacia la ventana mientras intentaba mantener el equilibrio. Todo seguía gris.

—¿Cómo entraste? — le preguntó.

—¿Cómo que cómo entré? Pues por la puerta.

—¿Y quién te abrió?

En ese momento cruzaron el umbral de la puerta y Tristán dejó de sentir la presión que lo empujaba en su espalda. Desde el rabillo del ojo vio que alguien pasaba a su lado y, cuando iba a repetir la pregunta, notó que esa persona era Amanda.

—¿De dónde apareciste? — preguntó sobresaltado.

—¿De qué hablas?, hace rato que estoy acá.

—¿Y, y Sebastián?

—¿Ah? Precisamente te estaba diciendo que deberíamos sacarlo del grupo o nos va a ir muy mal en ese trabajo de introducción a la Filosofía. ¿Estás dormido o qué?

—¿Sacarlo? ¿Por qué?

—¡Ya no importa! Volvamos abajo, seguro Laura sí me va a escuchar — gruñó.

—¿Todos están abajo?

—¿Cómo que todos? Pues los del grupo nada más.

Estresada, Amanda caminó con rapidez delante de él hacia las escaleras y él la siguió apresurado. Al pasar al lado del baño, vio los pedazos de espejo tirados en el piso y una pequeña gota aferrada al grifo.

— Ah — Amanda se detuvo — y deberías empezar a bañarte más a menudo, hueles muy mal, ya ni ganas me dan de golpearte.

Ella se apresuró por la escalera en espiral y Tristán la perdió de vista a causa de la columna de la que se abrazaban los escalones. Bajó deprisa y ya no era a Amanda a la que alcanzaba, pues a través de la oscuridad pudo percibir el rostro de Simón. Se detuvo por completo mientras su amigo terminaba el descenso.

—¿Te vas a quedar ahí? — le preguntó Simón.

—No, no — titubeó Tristán retomando los pasos. — ¿Qué haces acá?

—¿Cómo que qué hago? Me pediste que viniera y estoy más que dispuesto de aprovechar la situación para robar unas frías de tu nevera.

—¿Y Amanda?

—¿Amanda? ¿Querías que viniera con ella?

—No, no, pensé haberla visto por ahí.

—Raro, ella está de viaje, ¿no te avisó?

—Sí, sí, creo que sí lo hizo— respondió resignado.

Ambos caminaron en silencio por la sala del primer piso. El ambiente no era muy diferente, los muebles estaban deshilachados y sus espumas hundidas entre los esqueletos de madera. La luz no servía y en el piso había escombros y pedazos rotos de vidrio. En las paredes colgaban fotos, pero la suciedad escondía las imágenes.

—¿De qué quería hablarme? — preguntó Simón.

—No, no era nada importante.

—¿En serio? Sonabas preocupado por el celular.

—No — Tristán titubeó un segundo —, solo quería preguntarte por Marcela — terminó de responder con inseguridad.

—¿Marcela? ¿Quién es Marcela?

—No, no importa — dijo sin comprender aquella respuesta.

—Mejor cuéntame cómo has estado con Natalia.

—¿Natalia? No sé quién es Natalia.


Otra gota.


—Hoy estás muy extraño, mejor vamos por la cerveza.

Ambos se dirigieron a la cocina y Simón llegó hasta la nevera. Antes de abrirla Tristán lo detuvo pues sabía que no lo volvería a ver, lo abrazó y cerró los ojos. Cuando los abrió se desilusionó de haber tenido razón.


Se quedó parado un rato apoyando las manos en el mesón empotrado en el centro de la cocina. No le importaba que el lavaplatos estuviera lleno de trastes y de ollas empolvadas, tampoco que los taburetes estuvieran tumbados en el piso, y que algunas puertas de la alacena pendieran de un único tornillo, pues su corazón palpitaba con fuerza y sin razón aparente. Con el dedo índice empezó a marcar una recta sobre el polvo de la mesa. El sonido del roce era seco y estéril y a lo lejos se oía el de sus latidos. Sin apartar el dedo, dibujó una diagonal descendente hacia su derecha. El golpeteo en su pecho era cada vez más fuerte. Terminó con otra recta paralela a la primera pero que se vio distorsionada por el temblor de su mano. Miró la ene dibujada en el polvo. Le faltaba el aire, su corazón golpeaba con frenesí a sus pulmones y lo asfixiaba. ¿Quién era? se preguntaba a sí mismo y luego maldecía. ¿Quién era? el recuerdo palpitaba en su memoria. ¿Quién era? Su cabello era castaño, su piel blanca, y sus ojos se veían más verdes rodeados de lágrimas. ¿Quién era? Miraba a Tristán con desprecio, lo insultaba, le hacía preguntas sin parar. Él callaba. Había tanto por decir, pero el tiempo restante era tan corto que era mejor no decir nada. ¿Quién era? Tenía el cabello recogido, los ojos cerrados, las manos entrelazadas. Se veía apretada y a la vez tranquila a través del cristal y entre esas cuatro paredes que cuidaban su reposo.


“¡Maldita sea!” gritó borrando con violencia la letra dibujada en el polvo. El problema no era la incapacidad de recordar, sino que no quería hacerlo. Había puertas que era mejor mantener cerradas. Seguía exasperado, la fuerza de sus latidos nublaba su visión y solo logró desviar su atención de los recuerdos cuando vio a otra persona en su casa. Era su madre. Respiró tranquilo.


La quiso abrazar para encontrar consuelo en sus brazos e intentó hablarle, pero parecía como si ella no lo viera, como si él volviera a ser un fantasma. No le pareció extraño después de los últimos acontecimientos, pero justo en ese momento sentía la necesidad de su compañía. Jamás la soledad había jugado tanto con su mente.


La siguió sin apartar la mirada ni un segundo por el temor de anular aquella visión. Su madre caminaba encorvada y con la mirada baja. Cubría sus cabellos con una bufanda y no generaba mayor sonido que el de sus delicados pasos y el de las puertas de los cajones que abría para sacar de ellos productos de limpieza. Tomó un balde del cuarto de lavabo, echó en él detergente, jabón y cloro, y terminó de llenarlo con agua. Tristán notaba el vapor que emanaba. Luego tomó una escoba, un cepillo, un trapero y un trapo, y subió, a paso lento hasta la habitación en la que Tristán había visto su propio cuerpo.


Su madre entró primero y, cuando él lo hizo, se dio cuenta de que la imagen que se abría ante él era la misma de un recuerdo después de su muerte.



*



Recuerdas algo que hizo que sacaras tu miembro y lo jalaras sin sentir placer alguno. Pero la puerta se abre y ves entrar a tu madre. Escondes, avergonzado, tu miembro con las manos como si ella pudiera verte, pero sabes que es imposible, pues no eres más que un fantasma y ella no puede ver a los muertos. Te abrochas el pantalón y tu madre se acerca a la cama. Agarra las cobijas desordenadas, las huele y se queda ahí, quieta, un rato y luego otro. Mira a su alrededor, se seca las lágrimas y tiende tu cama con la parsimonia habitual. Al menos pudiste tender tu cama antes de darte un tiro.


Ahora que está tendida empieza a barrer el piso. Lo recuerdas, ¿cierto? siempre la misma imagen. Tú, haciendo cualquier cosa y ella limpiando tu espacio. Cuando eras niño, para molestarla, solías lanzarle una almohada y ella te la devolvía más fuerte. Reían. ¿Cuándo dejaste de hacerlo? ¿Cuándo dejaste de reír con tu madre? ¿Cuándo decidiste que su presencia no era primordial en tu vida y que preferías apartarla para que ella no socavara tu libertad? Y ahora mira lo que hiciste con esa tal libertad.


Tu madre pone el polvo en un recogedor y lo bota en una bolsa negra. Luego empieza a pasar un trapo húmedo por tu mesa, por las puertas del armario y los bordes de la ventana. Sus movimientos son lentos pero seguros, afligidos pero tranquilos. Parece limpiar con amor y tú solo quieres que termine, que se vaya. Piensas que esa no es su labor, que ya no debería hacer las cosas que hacía cuando tu estabas vivo, que debería irse y enviarte al lugar más recóndito de su olvido. Pero hela ahí, limpiando de un lado para otro hasta que solo queda la mancha negra en el piso y tu madre la observa.


El silencio se hace mudo mientras que los segundos pasan sin pasar. El mundo se reduce a tu madre y al último regalo que le dejaste: aquella sanguínea mancha en el piso. Es negra, densa, tiesa, de forma amorfa por las deformidades del piso. Era tu esencia, el flujo de tu vida, la prueba de tu condición humana, y tú madre no hace más que mirarla. Te preguntas qué verá en ella. Las desdichas de su hijo, el último recuerdo que tuvo de él o el último que valió la pena haber tenido. No lo sabes, pero esa madre que ves y que te mira, esparcido por todo el piso, parece no ser la misma de cuyo cariño escapaste. Ahora se ve diferente y quieres abrazarla mientras le dices algo que tus labios nunca pudieron pronunciar. Que la quieres. Sí.



Que la quieres y que le agradeces por todos los sacrificios que hizo por ti.



Entonces ella riega agua enjabonada sobre tu sangre, toma el cepillo y empieza a restregarlo moviendo sus brazos de atrás hacia adelante. Al principio sus movimientos son seguros. Luego, a medida que ella va perdiendo el equilibrio empiezan a ser más débiles. Sorbe por la nariz las lágrimas y tú la vez tan frágil, tan pequeña, tan agotada. Quieres dejar de mirarla, pero temes que desaparezca si lo haces. Prefieres su presencia llena de suplicio solo para sentirte menos solo. Qué egoísta eres, qué egoísta fuiste, y te das cuenta de que mezclas, de nuevo, los recuerdos con la realidad y los rellenas con todo aquello que sientes mientras los recreas en tu memoria. Seguramente tu madre hace lo mismo en su intento por hacer desaparecer el único legado que dejaste en el mundo. Te borra. ¿Lo sientes? Quiere liberarse de la pena que pusiste en su espalda. Quiere liberarse de aquel buitre que se metió en su garganta y que la asfixia. Quiere liberarse de ti y del sentimiento de haber fracasado como madre. ¿Lo ves? Y es tu culpa. Tu maldita culpa. Ella solo quiere salir adelante sin ti, pues tú la abandonaste mientras que tú estás ahí, estancado en tus recuerdos, intentando moverlos hacia adelante para saber si ella logró superar la gran pena que la causaste. ¿Qué pasaría si lo hizo? ¿Sentirías que significaste tan poco para ella? ¿Y qué pasaría si no lo hizo? ¿te seguirías culpando de su pena? Nada te satisface.


Sigues moviendo tus recuerdos hacia adelante. Vuelves a ver a tu padre en una habitación de hospital, pero no te haces ninguna pregunta, solo sigues adelante. Te topas de nuevo con la anciana del café. ¿Ello no había sucedido antes? ¿Volviste a verla después? Ves tu cadáver a través de un espejo. No, avanzaste de más. Retrocede, sí. Simón llora sobre tu hombro por la muerte de Marcela. Mierda, ahora estás muy atrás. Vuelves a ver a tus amigos de negro. Es tu funeral y empiezas a caminar entre la gente hasta que ves tu ataúd. Tu corazón vuelve a latir con fuerza, hay algo ahí que no quieres ver, algo que te aterra, algo que no quieres enfrentar y avanzas despavorido. Regresas al recuerdo de tu madre cepillando el piso. No tienes ni idea si ella logró seguir adelante o no, pero lo que sí sabes es que no encaras el dolor que le causaste. Más bien quieres encontrar algún confort en tu madre sin importar si la obligas cepillar aquel piso una y otra y otra vez. La usas para evitar aquello que te ahoga en la culpa, pues ya sabes que si la sientes no es por ella, es por algo más, por eso que no te deja salir de donde estás. ¿Quieres que te lo diga? ¿Quieres saber qué es peor que ver a tu propia madre limpiar la sangre que dejaste con tu muerte? ¿Quieres saber qué fue lo que encontraste en tu funeral? ¿Quieres saberlo? ¿Lo que causaste?



*



“¡Mierda, mierda! ¡ya cállate! ¡Cállate de una puta vez!” gritó Tristán mientras golpeaba su cabeza con las palmas de sus manos. Abrió los ojos. Sus latidos eran fuertes y sentía el frío de su sudor en la frente. Estaba arrodillado en el piso a un lado de donde alguna vez estuvo la mancha negra. Llamó a su madre y la buscó con la mirada. Se levantó y recorrió toda la casa intentando hallarla y esperando a que su mente volviera a hacerlo alucinar con ella. Nada. Estaba solo, de nuevo, aunque, esta vez, con una sensación insoportable de angustia que cada latido esparcía por su cuerpo.


Entonces, se preguntó si tal vez seguía vivo. La angustia, los latidos, el sudor, el miedo, los recuerdos, el olvido, todo lo que estaba experimentando era la copia amplificada de lo que alguna vez sintió en vida y no entendía la razón por la que, muerto, seguía padeciéndolo. Si el sufrimiento era uno de los pilares que definían la vida, entonces nunca se había sentido más vivo y ello significaba que la travesía por acabar con todo y dejarse llevar por un plano negro hasta el final de la existencia había culminado en fracaso. Y es que la muerte era todo lo contrario a lo que esperaba, la muerte era como la distorsión de un todo cuando su meta siempre había sido la nada. Pero helo ahí, sucumbiendo ante las reminiscencias de la vida y de la muerte. En vez de una nada, la muerte era soledad y hastío, era soledad y angustia, era soledad y locura y, en fin, era pura soledad, y la única solución para hacer de la muerte algo más era, tal vez y como lo insinuó la voz en su cabeza, salir del lugar en el que se encontraba.


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