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El Otro Lado

Actualizado: 4 sept 2022

Escribí este cuento en el 2019 y es uno de los que más satisfacción me han generado y, también, el que más he revisado. Fue el que me dio la entrada a la Maestría en Creación Literaria en la VIU, aunque solo espero que para las directivas del programa haya primado la calidad y no la idea de matricular al mayor número de estudiantes posible, en cuyo caso tal vez El Otro Lado no sea nada del otro mundo. Ya ustedes me lo dirán.

Caminaba despacio, tranquilo, sin prisa alguna. No llevaba nada consigo, salvo por su desgastada ropa y un morral vacío. Había salido a buscar algo, pero, como era costumbre, no había encontrado nada. A veces se preguntaba por qué seguía haciéndolo, por qué seguía yéndose por tanto tiempo si el paisaje iba a ser el mismo, los silencios iban a ser los mismos, el aire iba a ser el mismo y el vacío también iba a ser el mismo. No, eso era mentira, el vacío nunca era el mismo, cada vez se expandía más al interior de su ser. Entonces recordaba que lo hacía por eso mismo, para llenar ese vacío, siempre con la esperanza ilusa de encontrar algo, algo que diera sentido al continuar viviendo en la quietud absoluta. Como de costumbre, el resultado siempre era el opuesto al deseado y nunca quedaba más remedio que caminar, despacio, tranquilo, de regreso a casa.


Subió una pequeña colina y, al llegar a la cima, lo recibió, de nuevo, la imagen desfigurada de lo que algún día había sido un hogar. La vio a ella sentada en la tierra frente a unos troncos negros como si estuviera contemplando un fuego que hace mucho no los consumía. Tenía las piernas recogidas con los brazos abrazando sus rodillas y su mentón hundido entre los muslos. Temblaba. Cuatro barras de acero estaban clavadas en la tierra, distanciadas cada una de la otra por al menos dos metros y formaban un cuadrado en cuyo centro estaban los troncos y ella. A unos metros de distancia, parecían pilares delgados que la protegían o, mejor, que la apresaban. Se acercó a ella y se quedó parado un rato mientras detallaba sus pies descalzos sobre la tierra. Pequeñas raíces que brotaban de la tierra ya se habían posado en ellos. Se quitó el morral y lo puso a unos centímetros de los troncos, se sentó frente a ella al otro lado de la hoguera olvidada y no dijo nada, y ella no dijo nada ni tampoco levantó la mirada.


El viento sopló cortándose contra unas columnas enclenques que algún día habían servido para sostener un techo que ahora no era más que otra decoración en el piso. Ella se encogió un poco y él la miró.

No encontré nada.

Ya lo sé.

Tal vez deba volver. Puede que esta vez encuentre algo.

Sabes que no lo harás.

Silencio.

Hace mucho que no te mueves. Podrías acompañarme.

¿Con qué objetivo?

Tienes frio. Puede haber madera por ahí, madera buena y un poco de comida.

No importa.

¿Qué no importa?

Nada.

Ambos hicieron silencio. Ella miraba el fantasma del fuego y él, lo que creía no era más que el fantasma de ella. Cuando el viento volvió a soplar, suspiró, se levantó con dificultad, se puso el morral y retomó los mismos pasos que ya había dado una y otra vez.

Espera.

¿Qué pasa?

¿Oyes eso?

¿Qué?

No, no es nada.

Debió ser solo el viento. Ahora vuelvo.

Si no vuelves, tampoco importaría.

Lo sé.

Mintió.


Al terminar de bajar la colina llegó al arroyo seco y se sentó sobre una roca para descansar. Estiró los brazos y las piernas, inclinó la cabeza hacia atrás como para mirar al cielo, pero cerró los ojos para intentar sentir la brisa. No había. Entonces intentó recordar el sonido del agua entre las rocas y sonrió, no porque lo hubiera logrado, sino porque no sabía si el sonido recordado era ese que buscaba o cualquier otro que también había dejado de escuchar. Abrió los ojos y vio el cielo gris. Al menos hay cielo, pensó y mientras se levantaba para continuar le pareció sentir que un charco le inundaba el zapato. Sin pensarlo corrió colina arriba y volvió a encontrarla ahí, sentada, frente a la negra madera.

¡Agua! ¡Hay agua en el arroyo!

¿Cuál arroyo?

El que hay justo ahí, bajando la… ¿ya no lo recuerdas?

Ahí nunca ha habido un arroyo.

Pero… mi zapato se...


Bajó la mirada y vio sus pies desnudos.

Tienes razón, nunca ha habido un arroyo.

Solo sigues teniendo las sensaciones del otro lado.


Se sentó al frente de ella al otro lado de la madera. Y ambos hicieron silencio. Él no se levantó sino hasta cuando un destello rojizo cruzó el horizonte seguido por el sonido de un trueno. Caminó algunos metros más allá de ella y de una bolsa recostada contra unos escombros sacó una lona impermeable que desplegó con cuidado y colgó en las cuatro barras de acero. Al terminar volvió a sentarse en el sitio habitual, con la espalda curva y las piernas cruzadas. Pronto las gotas empezaron a chocar contra la lona y la colina empezó crujir de dolor.

¿Para qué la pusiste?

Sabes que no es un agua buena.

Ya no hay nada bueno.

No todo es malo.

Tampoco hay nada malo. Nada de lo que debamos protegernos. Nada que debamos buscar.

Prefiero que esta agua no nos toque.

Silencio.

Ya no podré ir hasta que la lluvia pase.

En algún momento pasará.

Silencio.


En algún momento pasará. En algún momento. El momento. No, ese momento no llegaría pues ya no existían los momentos, solo uno, un momento prolongado a lo eterno. Un momento en el que él solo estaba ahí y ella solo estaba ahí, pero en el que, en realidad, ninguno lo estaba. Meras carcasas atrapadas en ese momento sin poder dejar de sentir. Pero la lluvia pasaría, era seguro, pero no en algún momento, solo pasaría y ambos solo debían esperar sin esperar realmente mientras escuchaban la infinidad de gotas quebrándose contra la lona.

En algún momento nos gustó cuando llovía, ¿recuerdas?


Ella no dijo nada así que él continuó como si hablase para sí mismo.

Sí, nos gustaba la lluvia porque era un pretexto perfecto para quedarnos abrazados en cama y ver… ¿Cómo se llama eso? Esa caja negra que al prenderse mostraba imágenes que parecían una realidad reducida a sus bordes. ¿No recuerdas el nombre?

Silencio.

Sí, la lluvia. También recuerdo que una de las veces que te conocí fue por la lluvia. Estabas empapada y te ofrecí subir a mi carrosa. Respondiste que no querías mojarlo todo por dentro así que me bajé y quedé tan mojado como tú, y te dije que no importaba, yo también la empaparía. Aun así no quisiste, pero fue suficiente para que te buscara una y otra vez. Buscarte, fueron tantas las veces que te busqué y cuando no te encontraba era como si nada tuviera sentido, pero nos gustaba ese juego de buscarnos y hallarnos o no hacerlo. Sin importar el resultado siempre quisimos volver a empezar. Recuerdas que…

¡Ya cállate! ¡Nada de eso fue real, todo pasó en el otro lado, ya deberías olvidarte de eso! Ni siquiera entiendo cómo puedes recordar todo eso y ni siquiera saber lo que era un maldito televisor.

Lo siento. Creo que es la lluvia, me pone nostálgico. Me hace pensar en cómo te buscaba, en cómo te encontraba en el otro lado, pero acá parece que no he podido hallarte.


No estaba seguro de si esa última parte la había dicho o solo pensado, pero se levantó y se paró justo a unos centímetros del muro de lluvia y dijo fuerte que le gustaría volver a mojarse una vez más pues no recordaba esa sensación. Ella no dijo nada, solo se quedó inmóvil y él llegó a la conclusión a la que ya había llegado innumerables veces: hace mucho él había dejado de importarle. La miró, triste, resignado. No entendía por qué ella no se dejaba llevar por las raíces que morbosamente sujetaban las partes de su cuerpo apoyadas en la tierra. Pensó que tal vez ella tendría todavía una esperanza, o tal vez ni siquiera tenía energías para dejarse ir.

Hazlo, camina, mójate y desaparece, así por lo menos algo cambiaría en este lugar.

Al menos podrías mirarme cuando me dices esas cosas.

Mirarte no cambiaría el sentido de las cosas que te digo y no me haría decir cosas diferentes.

Entiendo.


Suspiró y volvió a sentarse.

Sabía que no lo harías. Así eres de cobarde.

No, no quiero dejarte sola.

No te necesito. Además, la soledad no es falta de compañía sino de afecto.

¿Dices que no te demuestro afecto?

No es tu afecto el que necesito.


Él no dijo nada. Solo se quedó sentado a la espera de que la lluvia pasara y cuando sucedió siguió sentado a la espera de que el plástico se secara y cuando sucedió, se levantó y lo descolgó, lo dobló con cuidado y volvió a meterlo en la bolsa que estaba recostada sobre los escombros.

¿Para qué haces eso?

¿Hacer qué?

Guardarlo si volverá a llover.

No lo sé, para cuidarlo. Si lo dejo ahí tal vez se rompa y eso sería un problema.


Ella no dijo nada.

Ahora creo que sí podré ir de nuevo, puede que esta vez encuentre algo interesante.

Nunca encuentras nada.

Pero puede que esta vez sí lo haga. Creo que sé dónde encontrar una chaqueta para que no te dé frio, y madera.

No necesito nada de eso.

Pero yo sí, necesito sentir que estás bien.

Vano.

¿Qué dijiste?

Nada, ya vete.


Buscó el morral hasta que se dio cuenta de que no se lo había vuelto a quitar y empezó a bajar la colina. No dio más de veinte pasos cuando ella le gritó que esperara. Entonces se devolvió corriendo y la vio mirando desesperada hacia un bosque que se encontraba a un par de kilómetros.

¿Qué sucede?

¿Oyes eso?

¿Qué?, ¿qué cosa?

¡Está llorando!


Intentó escuchar, pero no oyó nada más que el viento dándole voz a las cosas inanimadas.

¿Qué dices? Nadie está llorando.


Ella volvió a depositar su mirada sobre los troncos.

Tienes razón, creí que esta vez era verdad, pero no.

Si quieres puedo ir a mirar…

No, no es necesario. Solo vete.


La miró desconcertado y se fue. Bajó la colina, pasó el arroyo inexistente y se detuvo un poco más allá. El camino era de tierra y la marca cicatrizada de sus huellas a lo largo del mismo le hicieron ver, de nuevo, que no encontraría nada. Aun así, siguió caminando despacio, posando sus pies siempre sobre las huellas ya establecidas y siguió un rato, y luego un rato más, y otro, hasta que, de pronto, el camino se dividió en dos y ya no había más huellas que pudieran guiarlo. Hacia la derecha el camino lo llevaba a lo que de lejos parecía ser una ciudad. Tal vez ahí encontraría comida y ropa. Hacia la izquierda el camino solo se perdía entre otras colinas decoradas por restos de chamizos enclenques. Pensó en la madera, por fin podrían hacer la fogata. Medito unos segundos, o minutos, cuál de los dos caminos sería el mejor hasta que tomó la decisión de ir por la madera, devolverse, prender la fogata para que ella estuviera caliente y, luego, retornar para tomar el camino hacia lo que parecía ser la ciudad. Se dispuso a dar el primer paso, pero al observar hacia abajo vio que no había ninguna huella sobre la que posar su pie. En efecto, las huellas no iban más allá del punto en el que estaba parado y así tuviera la voluntad de continuar, sus piernas parecían padecer de una rebeldía paralizante. Intentó recordar la razón por la que no iba más allá, pero por su mente solo relampaguearon imágenes monstruosas que él relacionó con el otro lado. Bestias, sangre, risas, ruido, muerte, desespero. Cerró los ojos y respiró profundo. Solo debía pisar la tierra virgen de huellas, ¿qué sería lo peor que podría pasar? Levantó su pie, lo llevó a dar el siguiente paso, pero una fuerza anónima lo empujó y le hizo posarlo sobre una huella que marcaba el retorno. Y se quedó ahí, quieto, con el paso en pausa, hasta que solo dio otro, y otro, retornando de nuevo a la colina y, de nuevo, con el morral vacío, pero sintiendo la fatiga de haber caminado por horas y horas y con la sensación de haber buscado sin encontrar nada.


Entonces caminaba, despacio, tranquilo, convencido de que al menos lo había intentado, error que solo agrandaba el vacío. Y al llegar la vio ahí, sentada, quieta, con las piernas recogidas, los brazos abrazando sus rodillas y el mentón hundido entre los muslos. Parecía un ser inanimado y carente de toda vitalidad. Se quitó el morral y se sentó en el lugar habitual.

No encontré nada.

Ya lo sé.


La vio tiritar.

Tal vez deba volver, puede que no haya buscado bien, esta vez sí encontraré algo.

Sabes que no lo harás. Eres un incapaz.


Se quedó en silencio un rato mientras la observaba con una resignada incomprensión.

Entonces tal vez deberías ir tú para que veas que no es tan fácil.


Ella no se movió y se quedó callada, por lo que él se levantó y volvió a colgar el morral en su espalda. Dio unos pasos colina abajo cuando la escuchó gritar que esperara. Entonces se devolvió corriendo y cuando llegó escuchó el crujir de las raíces. Ella se puso de pie y caminó hacia él.

Dame el morral, eres un incapaz, nunca pudiste tomar una maldita decisión, nunca.


Ante la sorpresa él no supo hacer nada más que darle el morral vacío y verla alejarse colina abajo. Ella daba pasos inseguros de su fuerza, pero seguros de hacia dónde dirigirse. Cuando la perdió de vista, supo que no volvería y corrió para alcanzarla. Bajó la colina a tropiezos, sintió sus pies mojándose en el arroyo, corrió por el camino cuidando siempre pisar sus huellas hasta que llegó al límite de estas. Más allá no había más huellas en la tierra, solo unas marcas difusas en el camino de la izquierda. Caminó de un lado a otro sobre sus propias huellas, arrastrando sus pies entre ellas, deformándolas, desgarrándolas, mientras se mordía el dedo índice de la mano derecha. Maldecía en su cabeza, se maldecía a sí mismo y el desespero lo llevó sentir el sabor de su propia sangre.

Mierda, mierda, mierda, no la veo, ¿dónde está?, ¿por qué demora tanto?, ¡maldita, maldita, maldita sea!

Entonces, un destello rojizo en el cielo, y el sonido de un trueno.

¡Mierda, mierda, mierda!


Corrió hacia la colina y luego hacia la cima, sacó la lona, la acomodó sobre las barras de acero y se quedó ahí, quieto, atento a que ella volviera antes de que empezaran a caer las primeras gotas. Un segundo, y otro, y otro. No había nadie y las gotas cayeron.


Cuando dejó de llover ella todavía no había regresado y él empezó a pensar lo peor y a sentirse abandonado, sin fuerzas, sin ánimos. Miraba de vez en cuando colina abajo. Nadie. Ella ya lo había abandonado antes y él a ella, muchas veces, pero siempre en el otro lado, nunca en este, en este lado nunca se habían separado, pero ahora estaba completamente solo, abandonado incluso por sí mismo. Y se arrepintió, se arrepintió de haberla retado a ir, de haberle dado las fuerzas para levantarse y partir.


Y volvió a llover.

Y otra vez.

Y otra. No, tal vez no, tal vez esta era solo su imaginación o un recuerdo difundido en la realidad.

Y otra. Sí, esta vez sí llovía.


Nunca quitó la lona, así que nunca se mojó, pero deseó haberla quitado y deseó nunca haberla puesto. Lluvia, más lluvia. Sentía que su cuerpo empezaba a quedar prisionero de la quietud y de vez en cuando escuchaba el llanto de un bebé, pero era solo el viento, pensaba, el viento dándole voz al bosque. Pero luego consideró la posibilidad de que tal vez no fuera solo eso, tal vez sí era un llanto, y deseó que ella estuviera ahí para sacarlo de la duda, para acompañarlo, solo para sentir su presencia incluso si a ella no le interesaba ser sentida. Y entonces sus ojos empezaron a lagrimear y se dio cuenta de que todavía no se había abandonado a sí mismo por completo. Todavía.


Ahí, sentado, con el pasar del tiempo que siempre era el mismo, no hacía sino recordar los momentos juntos: los primeros besos, las primeras miradas, las primeras veces que habían mezclado sus cuerpos, incluso sintió nostalgia por los primeros insultos. Y recordó también todo aquello que nunca habían logrado en ninguna de las veces que estuvieron en el otro lado. Tal vez por ello se habían quedado ahí, estancados, ella perdida y él, desahuciado.


Y pasaron muchos ciclos y muchos recuerdos que a veces eran los mismos o a veces eran más bellos o feos, el momento se había prolongado demasiado, cuando con su mirada perdida en los troncos negros vio caer más madera sobre estos. Levantó la mirada con dificultad. Ella había vuelto.


Se levantó precipitado oyendo el crujir de las raíces y se abalanzó sobre ella, pero justo cuando iba a rodearla con sus brazos ella lo detuvo poniendo su dedo índice en su pecho y mirándolo como si lo aborreciera, como si no lo soportara, como si fuera la razón de su hastío existencial.

Ni se te ocurra tocarme.


Entonces él bajó los brazos y dio unos pasos hacia atrás mientras la observaba vaciar el morral. Había más madera, yesca seca, una cobija de lana, medias, un par de botas y hasta un chupón.

¿Dónde encontraste todo eso?

Buscando.

Nunca encontré nada y busqué muchas veces.

Parece que nunca supiste buscar.


Ella dejó las cosas ahí tiradas y se sentó en su posición habitual. Él, en cambio, acomodó la madera y empezó a frotar la punta de un palo contra la superficie de uno de los troncos. Mientras lo hacía la observó y vio que tiritaba. Dejó el palo en el piso y fue por la cobija para ponérsela a ella en la espalda. Pero ella se negó, dijo que no la necesitaba. Él dejó la cobija justo al lado de ella por si en algún momento decidía ponérsela y continuó con su labor hasta que hubo humo y luego, con la yesca, fuego. Era la primera vez en mucho tiempo que sentía calor.


Se sentó y miró las llamas. Había olvidado el color del fuego y sintió como si lo hubiera descubierto por primera vez. Cada llama danzaba al son de la madera quebradiza, siempre con movimientos similares, pero nunca repitiendo el mismo y él se sintió feliz. Miró más allá de las llamas para compartir su alegría con ella, pero notó que el fuego no le interesaba a su acompañante en lo absoluto. Ella solo detallaba en su mano el sucio chupón que había traído. Le daba vuelta con los dedos, tocaba la punta de goma, la apretaba, metía cada uno de sus dedos en la hebilla, luego los de la otra mano, hasta que se quedó solo observándolo por un largo rato. Y lo botó al fuego.


Él lo vio consumirse y cuando iba a preguntarle la razón por la que lo había botado, notó las lágrimas acumuladas sobre los párpados inferiores de los ojos de ella. Entonces no preguntó nada y prefirió guardar silencio. Un silencio alimentado por el viento que acariciaba las ramas muertas a lo lejos, por la melancólica danza de las llamas y luego, tan solo luego, por un llanto.


Se levantó para consolarla, pero justo cuando iba a poner la mano sobre su hombro ella lo empujó.

¡Te dije que no me tocaras! ¡No te necesito! Eres un maldito, estamos acá por tu culpa, por tu maldita culpa, estoy tan sola, me siento tan sola.

Pero estoy acá contigo, siempre te acompaño, me duele dejarte sola y nunca puedo apartarme tanto de ti.

¡No, tu estar no me interesa! ¡Tú solo me recuerdas que la soledad no tiene límite! ¡Déjame en paz!

Pero solo dime, dime por favor, ¿qué necesitas que haga?, ¿qué me ha hecho falta? Pensé que tenernos el uno al otro era sufi…

¿Que qué te ha hecho falta? ¿De verdad me estás preguntando eso? ¡maldito estéril de mierda! ¡Solo tienes que arrancar la ceguera de tus ojos y mirarnos! ¡Si pudiéramos morir como en el otro lado eso sería mucho mejor que seguir existiendo de esta maldita manera! ¡Así no estaría obligada a soportar todo esto ni a soportarte a ti!

Amor, yo…

¿Amor? ¿Te atreves a decirme así? ¡Deberías irte con esas ridiculeces al otro lado y dejarme en paz, no te quiero cerca, quiero que te largues y que no vuelvas!

Pero ¿cómo me podría ir sin ti?

Pues ódiame maldita sea, ¡ódiame! Eso fue lo que siempre te faltó, si me hubieras odiado habrías dejado que me violaran y por lo menos así tendría el hijo que nunca fuiste capaz de engendrar.

Amor…yo… yo… No deberías decir esas cosas. Fue en el otro lado, en el otro lado. Yo no dejaría que algo así…

¡No me importa! ¡Solo lárgate, ya déjame tranquila! ¡Te odio! Solo vete, por favor.


Ella cubría sus lágrimas apretando las manos contra su rostro. Y ya todo estaba dicho, no había nada más que decir, entonces él se fue escuchando cada vez más cerca el sonido de sus pisadas sobre la tierra y cada vez más lejos el llanto, y cuando este no parecía más que un susurro en la distancia, él continuó. Pasó el arroyo, sus pies se mojaron, pero a él no le importó. Total, era una ilusión. Llegó al camino de tierra y siguió hasta el límite de sus huellas. Recordó ese momento. Iban a encontrarse en un parque de noche, como ella no llegaba y no respondía sus llamadas él decidió buscarla. Escuchó un quejido entre unos arbustos a lo lejos y cuando se acercó no pensó en nada, solo tomó un palo y golpeó con fuerza en la cabeza al hombre que forcejeaba encima de ella. Y lo siguió golpeando y cuando el hombre estuvo inconsciente, siguió golpeándolo.


Se quedó ahí parado, pero el impulso de seguir adelante nunca llegó. No pudo pasar ese límite así que solo retrocedió hasta el arroyo inexistente y volvió hasta el límite de sus huellas para volver a regresar y repetir y repetir. Caminaba y caminaba o, mejor, arrastraba los pies deformando cada vez más sus huellas, perturbado, con su atención fija en los recuerdos de cada una de las veces que no fue más que una agobiante decepción para ella. Estaba tan ensimismado que no notó el destello rojizo en el cielo. Tampoco se dio cuenta de que la lluvia no cayó. Si hubiera puesto atención habría visto que todas las gotas se concentraban en aquella colina en donde estaba ella como si fuera el resultado de una producción mal hecha. Pero tenía la mirada baja y los sentidos puestos solo en lo que pasaba por su mente, y su mente puesta solo en ella, en la ella de sus tantas vidas y en la ella que lo había obligado a abandonarla de nuevo, pero, esta vez, en este lado.


Cuando notó que en el camino de tierra ya no había más huellas sino solo cicatrices alargadas, desfiguradas y cubiertas por la sangre de sus pies, suspiró y subió la colina. En la cima encontró un fuego casi extinto, ya no había madera para alimentarlo, y a ella, que estaba acostada de medio lado dándole la espalda a las agónicas llamas. Él la miró y no supo qué decir. La veía tan delgada, temblorosa e indefensa, pero no se sentía digno ni siquiera de preguntarle cómo estaba así que solo dijo, lentamente y en voz baja, “voy a buscar más madera”. Giró su cuerpo y se dispuso a caminar colina abajo. No logró dar el primer paso pues escuchó una voz suave e insegura. Volvió a girar. Era ella.

Espera.

¿Qué pasa?


Ella no dijo nada así que él se dispuso, de nuevo, a bajar la colina.

¿Podrías abrazarme?

¿Cómo?

Solo ven y acuéstate a mi lado.


Sintió un nudo en su garganta. Hace tanto no la tocaba, hace tanto no la abrazaba. Pensó que incluso ya había olvidado cómo hacerlo. Pero sin prolongar más el rato fue y se acostó entre la hoguera y ella. Pasó su brazo izquierdo por el espacio entre el cuello de ella y el piso y con el brazo derecho rodeó su cuerpo. Estaba frío, sucio y los huesos parecían querer romper la piel para sentir el aire por primera vez. Con dificultad ella alargó el brazo derecho hasta alcanzar la cobija de lana y, sin moverse mucho, entre los dos la acomodaron para que cubriera la mayor parte de sus cuerpos.


A lo lejos el viento soplaba. A lo lejos, entre las ramas y sobre las copas de los árboles.


El nudo en su garganta se hacía cada vez más grande, alimentado por todos esos recuerdos en los que estuvieron en esa misma posición. Frente al mar, frente al bosque, en los desiertos, sobre la nieve, viendo televisión, leyendo un libro, contemplando una obra de arte o solo la nada, en una cama de un barco perdido en un océano desconocido, o en una cama de paja en un pueblo sumido en la miseria, o en el piso, a veces frío, a veces caliente, ella amándolo y él amándola, aunque unas veces no tanto y otras mucho más. Pero en cada uno de esos incontables recuerdos, no importaba nada, solo los dos como si el mundo, e incluso el universo, se hubiera reducido a esos dos cuerpos abrazados, a esas dos respiraciones serenas, conectadas, y esas dos palpitaciones que no hacían más que existir por el golpeteo de la una contra otra. Pero esta vez era diferente. El mundo no estaba reducido pues el mundo en este lado solo era ellos dos, que conectados se habían quedado estancados, sin la oportunidad de avanzar, pero siempre con la posibilidad de regresar al otro lado para encontrar las respuestas que les mostraran la salida de ese eterno retorno. Y él no estaba tranquilo. El nudo en su garganta hacía que su corazón quisiera romper sus costillas y triturar sus pulmones, y ella lo sentía, era seguro, ella lo sentía.

Tranquilo, terminará muy pronto.

Pero no quiero que termine.

No hay otra manera. Estoy cansada, muy cansada.


Intentó disimular su llanto, pero no pudo lograrlo, mientras que ella parecía permanecer calmada. Él la abrazó con fuerza y hundió su cabeza en los cabellos del cuerpo que abrazaba.

¿Qué se supone que haga?

No lo sé, tendrás que encontrar la respuesta tú solo.

¡No puedo hacerlo sin ti! ¡Por favor!


La apretó incluso con más fuerza, pero ella no dijo nada, tal vez porque no le nacía o, tal vez, porque no quería quebrarse y dudar. Y ante aquel silencio mordaz él siguió.

Te amo, te amo más que todas las veces que mi alma latió por ti en las vidas que tuvimos en el otro lado.


Ella suspiró y levantó el brazo para consentirle los cabellos, pero tal renacimiento de afecto no era más que una nimiedad ante el suplicio.

Amar fue lo único a lo que nos dedicamos, pero el amor nunca fue la respuesta.

Entonces dímela para que podamos irnos juntos.

Vuelve al otro lado, a una nueva vida en la que yo no estaré.

¡No! ¡Por favor, no me dejes solo!


Ella solo hizo silencio y cerró los ojos. Después de un rato en el que él no dejó de llorar, ella solo pronunció una palabra y fue la última que él escuchó antes de que las raíces se la llevaran. “Perdón”, dijo de manera quebradiza, casi sollozante, mientras apretaba con fuerza el brazo que la rodeaba. Y fue todo. El momento había terminado y él se quedó completamente solo con la esperanza ilusa de volverla a ver. Después de llorar se quedó sentado observando el último lugar en el que ella posó su cuerpo y solo dejó que el tiempo pasara y este pasó con sus lluvias, con sus silencios y con la seguridad cada vez más fuerte de que no habría nada más que hacer, de que ella no regresaría y de que él tendría que seguir buscando en soledad. Cuando esa certeza reemplazó sus ilusiones, escuchó el llanto de un bebé. Observó el bosque. Se puso de pie rompiendo las raíces. Cubrió sus pies con las medias, las medias con las botas, tomó su morral y puso la cobija de lana sobre su huesudo cuerpo. Bajó la colina y miró a sus espaldas. La recordó ahí, sentada en la tierra frente a los troncos negros contemplando un fuego que hace mucho no los consumía, con las piernas recogidas, los brazos abrazando las rodillas y el mentón hundido entre los muslos, era tan bella, siempre había sido tan bella, y siguió. Pasó el lugar en el que nunca hubo ningún arroyo, caminó por el sendero de tierra decorado con huellas completamente desfiguradas y, cuando llegó al límite de estas, justo ahí en el punto en el que el camino se dividía en dos, siguió caminando por el sendero de la izquierda, ese que se perdía entre otras colinas adornadas por restos de chamizos enclenques. Y continuó su camino hacia el otro lado.

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